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FRUTALES DE LA SIERRA NORTE

CEA Puente del Perdón

Lunes 1ro de marzo de 2010, por Senda Norte

No fue nunca la Sierra Norte una comarca de grandes plantaciones de frutales, pues el clima local no era el más propicio para estos cultivos, especialmente por sus inestables primaveras, que tan pronto traen calores que hacen florecer los árboles como viene con heladas que tiran la flor y arruinan la cosecha.

A pesar de ello, a lo largo y ancho de la Sierra se cultivó una sorprendente diversidad de frutales, salpicando huertos y cercas, y procurando interesantes cosechas. Y precisamente esta estrategia de la diversidad era la que permitía que todos los años se recogiese algo de fruta, pues cada una de las variedades de manzanos, perales o ciruelos florecía en fechas distintas, lo cual permitía que si venían heladas tardías, alguna de las variedades se salvase, bien por tener los frutos ya en formación o bien por no haber florecido.

Además de este modo se lograba también escalonar las cosechas, pues había árboles que empezaban a madurar en julio, mientras que otros estaban en sazón en octubre o noviembre, con lo cual al menos durante cuatro o cinco meses había fruta fresca. Había también fruta de invierno, que se recogía del árbol para los Santos; como aún estaba muy ácida se guardaba en las cámaras de las casas para que fuesen madurando lentamente, de forma que desde Navidad ya estaban listas para comer y duraban hasta la siguiente primavera. Así pasaba con las peras de Roma, las ciruelas imperiales, las manzanas reineta o las manzanas del pero pardo que se cocinaban con vino.

Otras variedades sin embargo eran muy apreciadas para comer frescas, como el afamado peral de Don Guindo, las peras sanjuaneras, la manzana de pepita y las camuesas, o los ciruelos negrales, verdales, zaragozanos, blanquillos, de melocotón, de rosa, los caburrios o los tahaones. Manzanos, perales y ciruelos eran los frutales más abundantes, pero además aparecían, otras especies como los cerezos, especialmente abundantes en la Sierra del Rincón, con variedades muy apreciadas como el garrafal y el albar. En los pueblos de las zonas bajas de la Sierra eran habituales las higueras negras y blancas y las parras de múltiples variedades antiguas como las tintillas, albillas, ligueruelas o la negra aragonesa.

En algunos pueblos serranos como Robledillo de la Jara o Cervera de Buitrago, llegó a haber viñedos, de los que se obtenía según los testimonios de autores del siglo XIX, vinos suaves parecidos al txacolí vasco. Aquellos cultivos quedaron arrasados por la filoxera, enfermedad que atacó a los viñedos a principios del siglo XX, pero parte de sus variedades se salvaron porque los habitantes de los pueblos cercanos las reproducían a partir de sarmientos para crear las parras que daban sombra en los patios de las casas. En Bustarviejo, en las soleadas laderas de mediodía del monte Pendón, se cultivaba de forma comunal un viñedo que pervivió hasta los años 80, cuando un incendio lo arrasó. Todavía hoy se pueden ver pequeños cultivos de viñas en Miraflores de la Sierra o La Cabrera, y aún mayores en las campiñas de la vega del Jarama en el entorno de Torrelaguna donde se mezclaban con los olivos.

Y se criaban, además, otras especies en los pueblos serranos como los membrillos, las moreras, los nogales pajareros, una variedad de pequeños melocotones llamados abridores, las castañas en localidades como Puebla de la Sierra… La mayor parte de estas frutas, producidas a pequeña escala, se empleaban para el consumo familiar, aunque en años de buenas cosechas se vendía una parte, o bien se intercambiaba por otros productos. Las localidades de La Hiruela en la Sierra del Rincón y Alameda del Valle en el alto Lozoya eran especialmente conocidas por la abundancia de frutales y la calidad de las producciones que allí se obtenían. Cada especie tenía su propia forma de reproducción, siendo necesario en unas el injerto y bastando en otros casos con plantar estaquillas. Con los ciruelos y los membrillos se arrancaban en invierno los rebrotes que salían al pie del tronco y se sembraban; especies como los melocotones se sembraban de pipo, es decir, a través de semilla. La más difícil de las técnicas era el injerto, que acostumbraba a realizarse en torno a San José. Para eso era necesario seguir una regla simple y clara: los frutales de pepitas (manzanas y peras) se injertan sobre otros de pepita, y los de pipo (los cerezos por ejemplo) sobre otro de pipo. Lo habitual era arrancar del monte maíllos (manzanos silvestres) o cerezos silvestres para que sirviesen de patrón, plantarlos en las huertas, y cuando tenían el tamaño, adecuado un par de años después, injertar sobre ellos las púas o pubas, ramitas del árbol que se quería reproducir. Para ello se cortaba el tronco del patrón a la altura adecuada y sobre este corte se hacía una hendidura en la que se introducía la púa, que había sido preparada para ello dándole en su extremo forma de cuña. Sólo quedaba ya untar todo con barro (mejor si era calizo) y sujetarlo con rafia.

Dentro del programa de Agroecología del Centro de educación ambiental Puente del Perdón que la Comunidad de Madrid ha equipado en Rascafría, se están recuperando antiguos frutales de la Sierra Norte, pudiendo contemplarse una colección con más de treinta variedades tradicionales de la comarca.

Si desea colaborar con el CEA Puente del Perdón, aportando cualquier información, puede ponerse en contacto con nosotros en:

Carretera M-604 km 27,600 28740 Rascafría Telf. 91 869 17 57 redcentrospuentedp@yahoo.es

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